viernes, 12 de diciembre de 2008

Mi aventura de ser docente

El estudio siempre ha sido una de mis grandes pasiones. Así que, cuando una de las amigas de mi mamá le pidió que me permitiera dar clases a sus hijos, yo acepté encantada. Disfrutaba mucho compartir con otros lo que yo estaba aprendiendo. Para entonces yo cursaba el quinto año de primaria. Desde esa época nunca más deje de enseñar; a veces a los hijos de las amigas de mi mamá, en otras ocasiones a mis propias amigas.

Años más tarde, decidí estudiar la carrera de Química Farmacéutica Bióloga, la cual cursé en la Facultad de Química de la UNAM. En el transcurso de la carrera, descubrí que había dos campos de trabajo que me interesaban mucho: la investigación y la docencia. Por lo que, una vez terminada mi tesis –en 1980- hice mi solicitud en la Secretaría de Educación Pública e ingresé a trabajar a nivel secundaria en el sistema de escuela para trabajadores. Al mismo tiempo, yo formaba parte de una comunidad donde se realizaban acciones sociales como la enseñanza a invidentes, previa preparación tanto en el campo metodológico como psicológico. Posteriormente, en 1988, ingresé a dar clases a nivel bachillerato, donde aún continuo.

A lo largo de todos estos años, he ido tomado conciencia de que ser profesor es, no solo compartir con otros lo que sabemos, sino también, acompañar al joven a descubrir dentro de sí mismo las necesidades que tiene y los recursos con los que cuenta para continuar de manera permanente su desarrollo personal. Así como, a desarrollar una sensibilidad cada vez mayor hacia las necesidades y recursos de la sociedad en la que se encuentra para orientar sus respuestas personales y grupales en la construcción de una sociedad más justa y más humana.

Por todo esto, cada vez estoy más convencida de que elegí la profesión indicada, a pesar, de que las condiciones laborales no son las óptimas: bajos salarios, grupos numerosos, recursos insuficientes, desvalorización del profesor, programas que no responden ni a las necesidades ni a las inquietudes de los alumnos, etcétera. Además, cada día es más difícil luchar contra la apatía y el desinterés de los muchachos, así como la de nuestras autoridades. Esto me causa mucha insatisfacción.

Ser docente me ha permitido tener un crecimiento permanente, tanto en lo profesional como en lo personal. Este es uno de los grandes motivos de satisfacción que me ha dado esta profesión. Otro motivo, es la transformación que he llegado a observar en algunos jóvenes cuando se dan cuenta de que son capaces de realizar las tareas que se les encomiendan, ver cómo aquel joven inseguro se vuelve más desenvueltos y sociable.

En una ocasión me encontré con un alumno que había sido mi alumno diez años atrás. El comentario que me hizo fue: “Cuando yo la vi entrar recordé una de las etapas más bellas de mi vida, porque usted y los demás profesores me hicieron sentir que yo era una persona”. En ese momento me di cuenta de cuán importante es la forma cómo tratamos a nuestros alumnos y de que nuestro actuar deja huellas en su persona.

Ser docente a nivel medio superior me ha permitido descubrir que trabajar con personas es una experiencia maravillosa, pero al mismo tiempo compleja y difícil. Es una profesión muy dinámica, pues son nuevas las circunstancias a las que nos enfrentamos cada semestre.

En los últimos años me he enfrentado a problemas como los altos índices de deserción, ausentismo y reprobación. Sin embargo, sigo convencida de que vale la pena estar en esta profesión.

1 comentario:

  1. Hola Profesora Silvia
    Estoy muy de acuerdo con ud. cuando terminé mi carrera que al incio no era lo que yo quería despues me dío gusto terminarla, en el momento que inicia con un servicio social de dar clases y estar en una industria me dí cuenta que tan importante erá lo que nuestros estudiantes tenían que saber para poder entrar al sector productivo, por eso tomé la decisión de continuar con esta profesión de ser docente y continuar aprendiendo cada día más.
    Saludos.

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